martes, 28 de abril de 2015

JEFE DE CARGAS

JEFE DE OFICINA DE CARGAS                                                                      

Oscar Pascaner, trabajaba en el Ferrocarril Urquiza cuando fue citado para cumplir el Servicio Militar. Por ser telegrafista fue incorporado el 3 de marzo de 1950 al 2do Destacamento de Comunicaciones de Concordia. 
Un mes después fue transferido a Paso de los Libres, provincia de Corrientes, para integrarse como Aspirante a Oficial de Reserva  en el Regimiento 27 de Infantería.  
Salió de baja como Jefe de Pelotón de Sección Morteros el 30 de noviembre de 1950. 
De regreso a Domínguez, su pueblo natal entrerriano, hizo escala en Concordia para presentarse en las oficinas de la Administración de ese Ferrocarril, donde tramitó el cobro del medio sueldo de los meses que permaneció "bajo bandera". 
Concluído ese trámite se presentó en la Oficina de Personal para pedir su puesto de auxiliar en Estación Crespo del es Ferrocarril Entre Ríos.
Allí le informaron que esa Estación fue unificada con la de Crespo Oeste, del ramal del Ferrocarril del Estado que unía Puerto Diamante con Curuzú Cuatiá, por lo que tenía que elegir un nuevo destino. Le entregaron la lista de puestos vacantes. 
  - Solicito éste, Jefe de Oficina de Cargas de Estación Clara. -dijo Oscar Pascaner.
  - Eso no lo conseguirá porque es para alguien con más experiencia que la que puede tener un joven recién salido del Servicio Militar.
  - Ingresé al Ferrocarril a los 15 años, en Estación Domínguez donde el Jefe de esa Estación fue mi mejor maestro. A los 16 años relevé durante 30 días a un auxiliar en Estación Clara. Por poco tiempo volví a mi puesto de practicante con sueldo, ya que me ordenaron relevar en Estación Urquiza a un Ayudante General. donde los 30 días se estiraron a 60 porque relevé a un auxiliar que tomó su licencia. Mientras tanto me ascendieron al cargo de Dependiente en Estación Domínguez donde trabajé hasta que me mandaron a relevar al Jefe de Cargas de Estación Clara durante 45 días. Relevé al Jefe de Cargas de Urdinarrain durante más de un mes y otro tanto a uno de los auxiliares de esa Estación. Fuí Ayudante del Jefe de Cargas de Villaguay, relevé a un auxiIiar de Villaguay Este y al Jefe de Estación Yuquerí cuando tenía 18 años. Todo eso y el haber estudiado el Reglamento de Ferrocarriles, los Libros de Tarifas y todo lo que me indicaba el Jefe de Estación Domínguez, me dieron la suficiente capacidad para ocupar el cargo que solicito.
El empleado de la Oficina de Personal soportó estoicamente la catarata de palabras;
en vez de responder tomó el teléfono y solicitó hablar con alguien de Gerencia.
Oscar Pascaner escuchó decir su nombre, su edad y el cargo que pretendía.   
  - Pascaner, tome asiento, vendrá alguien a hablar con usted.

Un señor bien vestido con traje oscuro vino a su encuentro. No estrechó la mano que extendió el joven. 
  - Venga, sentémonos junto a ese escritorio.
El señor de traje azul comenzó a hojear desde la última hoja lo que parecía ser el expediente personal de Oscar Pascaner.
  - Veo que tiene méritos suficientes para un puesto reservado para quienes tienen más de veinte años de experiencia. 
  - Estudié todo lo relativo al tema ferroviario: Reglamento, Libros de Tarifas y lo que hay que saber para ser un eficiente empleado ferroviario.
  -  ¿Y telégrafo?
  - Desde chicos, mi hermano y yo, cada uno con un manipulador, manteníamos  charlas telegráficas.
  - ¿Cómo lo aprendieron?
  - Nuestro padre, Jefe de Estación Domínguez, nos enseñó. Habitábamos la casa adosada a la Estación, que era como la prolongación de nuestro hogar. De chicos aprendimos a hacer guías de despacho de encomiendas, cargas, equipajes.
   - En los trenes de pasajeros pueden ir vagones de carga, pero hay unos que no pueden integrar la formación de un tren de pasajeros. Qué símbolos tienen esos.
   - Es indispensable que tengan sistema de frenos de aire.
   - Hay otros que tienen un símbolo -movió su dedo índice formando un triángulo.
   - Esos, los que tienen un triángulo deberían ir a Talleres para que reemplacen el madero que unen los bogues por otros de hierro doble T.
   - ¿Por qué?
   - Si los observa de cerca verá que muchos de esos maderos de quebracho tienen fisuras. Esos vagones se pueden cargar con 28.000. ¿No considera un gran riesgo que el traqueteo de las uniones de los rieles podrían originar su rotura poniendo en peligro al maquinista, foguista y guardas?
  - ¿Cómo se dio cuenta de ese detalle?
  - Fue mi padre quien observó las fisuras que tenían los maderos de uno de esos vagones y se las mostró al Inspector Fructuoso Rodríguez, quien le prometió elevar una nota. 
  - Le agradezco ese comentario. ¿Se anima a desenvolverse bien como Jefe de Cargas en Estación Clara?
  - Lo hice muy bien a mis 17 años, lo relevé a Cinto durante 45 días.
  - ¿Quién es Cinto?
  - El Jefe de Cargas de Clara. El señor Torregiani, Jefe de Estación puede decirle como me desempeñé en las dos oportunidades que relevé en Clara. Ese puesto es de 2da categoría, la misma que yo tenía cuando fuí convocado para el Servicio Militar.
  - Considere otorgado su pedido.

Unos días después Oscar Pascaner saludaba al señor Torreggiani, Jefe de Estación Clara, diciéndole que su padre le enviaba sus afectos. El señor Torreggiani tuvo unas palabras de halago para quien había conocido cuando ambos eran relevantes.
  - ¿Qué palanca tuviste para que te den el puesto de Jefe de Cargas? 
  - En la Oficina de Personal argumentaron que era muy joven para este cargo. Le dije que es la misma categoría que la de auxiliar en Crespo, cargo en el que estaba cuando me convocaron al Servicio Militar. 
Ese empleado de la Oficina de Personal y vino a entrevistarme un señor apellidado Cerrajería charló conmigo y al darme la mano me dijo que este puesto era para mí.
  - Cerrajería es el apellido de tres militares de alto rango que administran el Urquiza 
-dijo el señor Torreggiani con cierto asombro. 
  - Si lo hubiera sabido no hubiera soltado tanto mi lengua. 
  - Eso te favoreció y me alegra tenerte entre mis empleados. 
  
Torreggiani le sugirió alojarse en la pensión de la familia Lugrén.  
Oscar fue a esa casa de pensión. Ya resuelto el tema del alojamiento, visitó a sus tíos León y Manuela. Éstos le insistieron que se aloje con ellos en su amplia y cómoda vivienda. Oscar aceptó. La madre de Oscar y su tía Manuela son hermanas y sus familias se dispensan gran cariño. 
Oscar fue a la pensión para explicarles lo ocurrido.
El hijo mayor de León y Manuela vivió en casa de los padres de Oscar cuando cursó 5° y 6° grado; porque la Escuela de la Colonia Oficial N° 5, donde vivía con sus padres y su hermano menor, sólo tenía hasta 4to grado. 

Dos meses después, la hipertensión de su tía Manuela no cedía con la medicación. Esta situación hizo que Oscar se mudara a la pensión de Lugrén desoyendo los ruegos de sus tíos y primos para que no lo haga. Prometió visitarlos con frecuencia y así lo hizo. 
Oscar mudó sus pertenencias a la pensión el sábado a la 14 horas. 
Al ingresar a la habitación asignada vio durmiendo a su compañero de habitación.   
sin hacer ruido Oscar acondicionaba sus cosas en el ropero cuando oyó:  
  - ¡Bienvenido cumpa!  
  - Perdón por despertarlo. Soy Oscar Pascaner -dijo extendiendo su mano. 
  - Desperté por la sensación de una presencia. Soy Francisco Chas.
Se sentó en el borde de la cama, sus pies se movieron en busca del calzado. 
  - Me anunciaron que tendría de compañero a un ferroviario recién salido del servicio militar, sobrino de don León. -dijo mientras se calzaba sus zapatos- Me gustó que sea sobrino de don León, estimo a ese buen hombre medio agauchado. 
  - Medio agauchado en su vestir, pero gaucho íntegro al enlazar y pialar. Lo vi ganar en un rodeo cuando compitieron en voltear una vaca tomándola de los cuernos. 
  - ¿Me acompaña a tomar unos mates así me cuenta?
  - Acepto, pero tutéeme.
  - No tuteo ni a los chicos. Ya vuelvo, le llevo el termo a las "chicas".  
Mientras don Francisco ponía yerba en el mate preguntó:
  - ¿Toma amargo? 
  - Como guste. 
  - Ya nos traerán el agua caliente. Cuénteme de ese rodeo, nunca estuve en uno. 
  - Los rodeos consisten en juntar los vacunos o yeguarizos para marcar a fuego la señal de su propietario, vacunar, descornar, curar bicheras, sacarles garrapatas y abrojos.Si tiene la ocasión de ver un rodeo no la pierda. Es una verdadera fiesta gaucha. Gauchos y criollos venidos de quién sabe dónde se agregan a la cuadrilla de enlazadores, pialadores, que voltean los animales y los sujetan contra el suelo para hacer las tareas que mencioné. Ahora un brete lo simplifica; un madero por delante y otro por detrás traba al animal. Un hombre hace el trabajo que hacía una cuadrilla. 

Entre mates y charlas las agujas del reloj se acercaron al horario de trabajo de Chas. 
  - En cuanto falte un cuarto para las cinco me voy a ir yendo para la usina.
  - Yo iré a Domínguez en el tren que va a Buenos Aires.
  - ¿A visitar a sus padres?
  - A mi noviecita. Mis padres están en Gualeguay. Mi padre fue Jefe de la Estación Domínguez de 1924 a 1949, año en que se postuló para Jefe de Estación Gualeguay, para jubilarse con el 82 por ciento móvil del sueldo de la categoría más alta. 
  - Qué difícil le habrá resultado alejarse de Domínguez después de tantos años.
  - Sí, pero volverán a Domínguez en cuanto se jubile. Allí tienen la casa que compró mi padre en el 38 cuando ganó un quinto de la lotería entrerriana.  
  - ¡Qué bien! -don Francisco ya de pie dispuesto a marcharse.
  -  Usted ya se ganó mi amistad, algo nada fácil conmigo. 
  - Gracias don Francisco. 
Oscar lo siguió con la mirada hasta que traspuso el espacio abierto en el muro, aún conserva los goznes del ausente portón. Don Francisco giró su cabeza presintiendo que su compañero de habitación lo observaba. Su dedo índice dibujó un rulo chico y se estiró en otro círculo más grande. 
Los labios de Oscar gesticularon en un: Sí, entendí, recién el lunes nos veremos. 
El pulgar y el índice de don Francisco Chas hicieron el gesto de okey.

                                                                       * * *            loscuentosdeoscarpascaner.blogspot.com             

martes, 14 de abril de 2015

DEL OTRO LAO DE LA VÍA

Hijos de humildes trabajadores en los galpones acopiadores de granos del predio ferroviario de la Estación Domínguez, de la que mi padre era Jefe, y nosotros habitábamos la vivienda adosada a ella, eran mis compañeros de escuela, de fútbol, de pelota de mano contra el frontón, de juego de bochas.   Sé de  su nobleza, y esta poesía hace culto a la nobleza de esa noble gente pobre pero noble. 

                                                                                                               

DEL OTRO LADO DE LA VÍA                                                 Edilio Oscar Machado   (resero y tropero) 


- Ayer te he visto rumbiando 

pal otro lado de la vía.                          
Ya sabés que yo no quiero
q
ue andés con esa gavilla.

¿Qué amigo podés contar
que viva en la ranchería?
Vos sos un hijo de López
y a mí, mucho se me envidia,
¿qué ganás con esa gente
del otro lado de la vía?"

La madre salió en su ayuda:
- Lo mandé por la Florinda
para que venga a lavar
porque ando con fatiga.


El hijo le agradeció
la bondad de esa mentira
y despacio dijo al padre:
- Es inútil que me riñas
allí tengo mis amigos
y una novia que es divina". 


Don López había emplumado,
cuatro camiones tenía
y una yunta de parejeros
que no conocían la gramilla.


Un domingo, en otro pueblo,
ganó su oscuro "el Hormiga".
Se entretuvieron un rato
festejando en la cantina,
y cuando subió a su auto
la pampa estaba dormida.

Le gustaba correr fuerte
y el coche le respondía.
La noche ocultó el martillo
de la estancia "La Atrevida".
Don López sintió el volante
anidarse en sus costillas.


Él recibió la peor parte,
pero la suerte fue amiga.
Los levantó un camionero
si no, para siempre se iba.

Quince días lo cuidaron
y le salvaron la vida.
¡Benditos sean los doctores
con esa misión tan linda!

Ya quiere andar a los gritos
pero su mujer lo mima
y le dice: - Mirá viejo,
ahora que todo es sonrisa
tengo que decirte algo
así mi frente se alivia.

No quiero sentirte más
despreciar las cosas lindas
y menos negarle al hijo
que él busque su compañía.
Porque si hoy tenés la suerte
de ver el sol que te abriga,
hubo que buscar cien venas
y ahí la plata no camina;
toda esa sangre vino
del otro lao de la vía.


Clava su vista en el suelo
y todo su orgullo emigra.
Él, que quería olvidar
que de ese lado venía,
lo llama al hijo y le dice: 

- "Traeme a tu prometida,
y por favor, cuando llegues
a esa criollaza guarida,
¡mil saludos a esa gente,
del otro lao de la vía!"

              * * *                                                                             POR 

                                                                           


                                                                              loscuentosdeoscarpascaner.blogspot.com.ar    

jueves, 30 de octubre de 2014

ALMACÉN EL ENTRERRIANO

Arnoldo Anijovich nació en la década de 1940 en una de las colonias agrícolas cercanas a Domínguez
con una atrofia muscular que le impedía movilizar sus brazos y piernas.  
Sus padres vendieron el campo con casa, ganado y todo lo que había en él y se reinstalaron en el paraje denominado Altamira, partido de Mercedes, Provincia Buenos Aires.
Desde el sitio en el que ubicaban su silla de ruedas, Arnaldo veía y oía las charlas de los parroquianos que concurrían al almacén rebautizado El Entrerriano. 
Con una paletita de madera sostenida con sus dientes tecleaba en su computadora -de las primeras en llegar a nuestro país- todo lo consideraba interesante.  
Escribió unos cuantos cuentos. Transcribo dos de ellos.
  
Almacén El Entrerriano     Un día de fiesta                autor: Arnaldo Anijovich        
 "Cuando los medios de comunicación y de transportes eran menos efectivos y las distancias más notorias, los tradicionales almacenes de campo se constituían en verdaderas instituciones dentro de sus áreas de influencia. Células primarias de los actuales centros comerciales, cubrían las necesidades básicas de la gente ofreciéndoles servicios de aprovisionamiento y distracción, elemento que era escaso en los ambientes rurales.
El Entrerriano, en Altamira, a siete kilómetros de Mercedes, cumplía desde muy antaño, y hasta la década del 70, esa diversa y muy importante función social de Almacén de Ramos Generales y Despacho de Bebidas, como orgullosamente anunciaba en su frente, y de Club; lugar de encuentros y esparcimiento para el vecindario de una extensa zona.
Sus gruesas paredes de adobe, asentadas en barro, y su alto techo de tejuelas y tirantes de madera, exhibían en descascaradas formas de extraños mapas que, muchas veces y hacía mucho tiempo, habían sido pintadas a la cal. De esos tirantes, poblados de clavos y alambres colgaban en curiosa mescolanza, cabos de hacha, botas de goma, guadañas, embutidos y cachos de bananas.
Una repleta estantería hasta el techo, cubría dos de las paredes del salón de seis metros por ocho. Dos mostradores dispuestos en L, con la mitad del más largo cubierto con cinc estañado para las copas; el resto de madera fuerte, pulido a codo con sudores y alcohol de confidencias.
Del lado del público, sobre el gastado piso de ladrillos, una vitrina cajonera, un metegol, mesas de madera y sillas con asiento de junco.
Allí se encontraba de todo: forrajes, materiales para la construcción, ropa y perfumería; amén de ferretería y bazar, lo que no había se encargaba. Además había peluquería y cumplía la función de estafeta postal oficiosa.
Era habitual que todos los días, pero sobretodo los sábados y domingos, reuniera a gran número de parroquianos para jugar a las bochas, mentir un truco, sufrir un chinchón o, simplemente para pasar un rato entretenido en torno a las copas y charlando con los amigos.
En fechas especiales como aquel 25 de Mayo, había fiesta. En lo alto de la antigua casona coronada por pilares que recordaban las defensas de un fuerte, flameaba la bandera argentina.
Apenas pasado el mediodía detonaron una serie de bombas de estruendo para confirmar la realización de la fiesta y predisponer el ambiente.
En la calle lateral estaban colocados los arcos para las carreras de sortijas que se realizarían a primera hora. Luego se correrían carreras cuadreras improvisadas entre los participantes que más fe le tuvieran a sus fletes, y como broche de oro: Matinée Danzante con la actuación de la Orquesta de José Figueroa, artista exclusivo del Programa "Por las Rutas Argentinas" de Radio Mitre de Buenos Aires, según rezaba en los volantes.
Desde temprano comenzaron a llegar los jinetes ataviados a la usanza tradicional, de acuerdo a la propia adaptación libre o a sus posibilidades económicas.
Ataron sus caballos a la cadena que servía de palenque al frente del almacén y en los cercos de los alrededores.
Se mezclaban las vestimentas lujosas con las humildes alpargatas, y costosos emprendados chapeados, con los pobres aperos. Predominaban, en general, los pañuelos blancos al cuello y las cintas patrias adornando con los colores del cielo, el atuendo de los paisanos y sus cabalgaduras.
Llegaban familias completas en automóvil, en camionetas, en sulky, en carro y en tractor luciendo sus mejores galas y dispuestos a disfrutar de la jornada festiva.
En los fondos, ocho lechones crucificados en los asadores, se doraban lentamente haciéndole ronda a las brasas. Estaban destinados a ser consumidos durante el baile. Con igual fin, en la cocina había doce matambres caseros escurriéndose en las prensas.
Ansioso por la expectativa del acontecimiento llegó Gallareta montado en su petisa malacara, sólo con freno y cojinillo. Traía el traje y los zapatos en una bolsita. Pidió una caña Legui y enseguida pasó a la sección tienda.
  - ¡Qué suerte doña Rosa que acompañó el tiempo! -le comentó a la patrona que lo atendió- Va´ star lindo pa´ mover las tabas. ¡Y nada menos que con Figueroa! Hace dos años que no voy a un baile por el luto por mi cuñadita, que en paz descanse. Menos mal que justo ayer se cumplió el aniversario y pude venir.  Además tengo una tía jodida, así que dispués no sé si voy a poder otra vez. Deme una camisa de vestir, un calzoncillo, una camiseta y medias. ¡Ahhh! y un frasco de ese extracto, si, ese, Gotas de Amor. Hice temprano el aparte en el tambo, pasé por la Estación Tomás Jofré pa´ levantar las pilchas y me vine derecho pa´ no perder tiempo. Ahora, si me permite, voy a darle agua a la yegua en el bebedero de atrás del galpón, de paso me lavo un poco y me pongo de pinta.
Las sortijas se desarrollaron con normalidad a primeras horas de la tarde, con abundante cantidad de participantes y de público. 
En un ambiente familiar, de amigos, todos participaban de la diversión. 
El tropel de cada caballo, con su jinete parado en los estribos, y en su brazo alzado el pequeño puntero a manera de lanza, era seguido con atención generando bromas, comentarios, críticas y elogios.
  - ¡Le hizo cosquillas!
 - Se acomoda lindo el Negrito Requena. Lástima que el matungo que tiene no le sirve, si no, andaría muy bien. 
  - ¡Mirá qué buena atropellada tiene el alazán del Ñato Gorosito!
Cuando el brazo del corredor seguía en alto luego de pasar bajo el arco, era señal de que el intento fue exitoso. Su regreso al lugar, para confirmar el logro y reinstalar la sortija, era acompañado de aplausos. Los mismos caballos parecían sumarse a la euforia triunfalista incorporando a su marcha, al ser sofrenados, pasos de costado, cabeceos, caracoleos y demás.                                                          
Las apuestas que se hicieron en la polla eran modestas, apenas como para despuntar el vicio de los aficionados y dar un toque de mayor animación a la reunión. La armonía reinante sólo la alteró un pintoresco curda que, desentonando  con el conjunto, provocó el rechazo de unos y la diversión de otros. La presencia del sargento Mansilla y del cabo Banegas, fusta en mano, saludando y haciendo sociedad, fue suficiente para pacificarlo.
En el amplio patio de ladrillos y cemento alisado se instaló el amplificador de sonido junto al palco de tablones. Ya se habían colocado las luces; los bancos contra las paredes, las mesas y sillas, bajo los mandarinos de la entrad, junto a la cantina.
Los altoparlantes comenzaron a difundir las primeras grabaciones: La Cumparsita por Darienzo, Bahía Blanca por Di Sarli, L Payanca por los muchachos de antes, Despué del Carnaval por Varela, rancheras por Rafael Rossi, los Wawancó, Rosamel Araya y otros.
La gente tomó ubicación alrededor de la pista. Las primeras fueron las mujeres con hijas mozas y los más chicos; se ubicaron en los bancos. Las familias y grupos de amigos se instalaron en las mesas. Los varones se agolpaban en la entrada campaneando el ambiente. Apenas declinaba el sol cuando subieron los músicos al escenario y comenzó el baile.
Los González hicieron punta, los siguió Gallareta con la rubia Altabe. Al rato la pista estaba colmada y la danza en su apogeo.
En perfecta conjunción, se integraban las botas y bombachas de paisano con los trajes y corbatas, los rostros curtidos de la gente que trabaja al sol y el cutis más claro de los que vinieron de la ciudad. La piel mate de los criollos con la piel más blanca de los gringos, sin diferencias raciales, sociales, económicas, ni de edades.
Bailaban las bonitas e ilusionadas jovencitas primorosamente arregladas a la moda y las mujeres algo mayores. Tampoco faltó la pareja de abuelos bailarines que acaparó la admiración de todos. Los varones invitaban con un cabeceo, uña seña con el dedo simulando giros acercándose a la dama, de acuerdo a la época que pertenecen.
Varios mozos, haciendo equilibrio con sus bandejas en alto, llevaban bebidas, lechón y sándwiches de matambre preparados en la cocina por la patrona; esquivaban parejas y a chicos jugando.
Los músicos se prodigaban en largas intervenciones y el público les correspondía con aplausos, ovaciones y pedidos de bis.
Gallareta bailó toda la velada como si quisiera recuperar el tiempo perdido sin importarle el ritmo ni la compañera que aceptara su invitación. Unicamente hacia un alto para entonarse con unos tragos.
A las doce de la noche el animados anunció la terminación del baile agradeciendo la concurrencia. Los más entusiastas se lamentaban pidiendo una yapa porque la reunión estaba de lo mejor. Los músicos concedieron un par de bises.
Todos empezaron a buscar sus pertenencias y a sus familiares, saludaron a sus relaciones y emprendieron la retirada. Algunos tendrían que recorrer tres o cuatro leguas en carro y llegar justo para hacer el tambo, otros dormirían aunque asea una o dos horas.
Cerca de la salida con su eterna sonrisa a flor de labios y su inalterable cordialidad campechana, Samuel, el entrerriano, saludaba en forma personal a cada uno de los asistentes prometiéndoles que pronto haría otra reunión.
El cansancio de las últimas dieciocho horas y de los incontables años de intensa labor sin mezquinarse, sólo se notaban en el brillo de sus ojos.
Gallareta, que acababa de retirarse, regresó. Se lo veía compungido secándose las lágrimas con el pañuelo.
  - Samuel -dijo aproximándosele- me vinieron a buscar porque falleció mi tía, así que me voy de aquí nomás. Ya mandé avisar a las casas con Ferreira. Mañana vienen buscar la yegua, la dejo en el potrerito. Pobre tía, yo la quería mucho. ¡Cómo era de buena que nos dejó terminar la fiesta y recién después se murió!
Al día siguiente, haciendo limpieza en el patio, encontraron un telegrama a nombre de Roberto González (Gallareta) que había retirado de Estación Jufré la mañana del día anterior. Al abrirlo leyeron el texto: Murió tía Justina. Te esperamos. Pedro.
Gallareta llegó al baile sabiendo ya del fallecimiento de su tía.
Hoy, el progreso dejó atrás la importancia centralizadora de los boliches de campo.
En Altamira subsiste el almacén "El Entrerriano" debatiéndose entre el modernismo, el mito y la leyenda. Conserva el influjo de Samuel, que se quedó en el tiempo... pero perdura la fuerza de su epopeya". 

                                                                   * * *                loscuentosdescarpascaner.blogspot.com.ar


La prueba                                                                                        por Arnoldo Anijovich


"Nemesio Godoy nació en la estancia El Trebolar donde su padre fue puestero hasta que murió en un accidente de trabajo. Desde entonces, Nemesio, a sus doce años, pasó a ser el peoncito para todo servicio, el chico de los mandados del establecimiento. Con sus obligaciones no le quedaba tiempo para andar cazando pajaritos o haciendo travesuras. De esa forma, con su madre trabajando en casa de los patrones y él, en lo suyo, pudieron arreglárselas para seguir adeñlante y mandar a los hermanos menores a la escuela.
Años después le dieron el puesto de guachero del tambo. Por costumbre siguieron tratándolo como si fuera el chiquilín de siempre, con eso parecido a paternalismo; que el aceptaba con humildad porque se sentía querido.
Había unas cuantas chinitas que no les resultaban del todo indiferentes y, ya próximo a enrolarse, sentía la necesidad de demostrarla a los demás, y a sí mismo, que era un hombre hecho y derecho. Ya venía dando pruebas de serlo desde que murió su padre pero sentía que necesitaba algo más intenso.
Sorpresivamente se le presentó esa oportunidad.
Todos los años se realizaba para las fiestas patrias la tradicional Polla de veteranos con la participación de conocidos caballos de la zona.
Hablaron a don Manuel para pedirle que haga intervenir a Centella, el que fuera el crédito de la zona. Estuvo por negarse porque el parejero ya había quedado para reproductor, pero al ver que lo miraban con ironía, aceptó el desafío.
Don Manuel le preguntó a Nemesio si se animaba a preparar a Centella para correr el próximo 9 de julio.
Nemesio aceptó esa responsabilidad con emoción; ese caballo estaba ligado a sus recuerdos y fantasías de la infancia. Era el mejor reconocimiento a su silencioso cumplimiento a su trabajo y a su madurez. Sintió que todo empezaba a cambiar para él, le entraron granas de saltar y gritar a todo pulmón pero se contuvo. 
Nemesio recordaba a Centella desde potrillo, cuando su padre, considerado el mejor domador de la zona, lo amansaba.
  - Palenque, mucha manguera para tranquilizarlo a puro chorro de agua, mucha rasqueta y manoseo desde abajo para terminar de quitarle las cosquillas -tenía presente cómo su padre le explicaba los secretos del oficio mientras trabajaba y él lo seguía. - Después cuando esté entregado y mimoso como un gatito, se lo ensilla con un freno liviano para que se le acostumbre la boca. Recién ahí lo montás. Si lo trataste con cariño casi seguro que no corcovea, entonces lo trabajás mucho dando vueltas para que aprenda a dar rienda. Nunca hay que pegarle y menos hacharlo con las espuelas; con paciencia y con cariño conseguís todo lo que querés. Las espuelas sólo son buenas para vestir a los paisanos en los días de fiesta.
En su pieza lo tenía en un cuadro apilado en el lomo de padrillo cuando ganó su primera carrera.
Era su característica, cuando corría, llevar atada sobre la frente una larga cinta patria a manera de vincha, con los extremos flameando llamativamente sobre su espalda. Tal como se lo veía en el cuadro.
Desde siempre Nemesio había estado cerca de Centella soñando con montarlo; ahora, de pronto, el cuidado y la preparación quedaban a su cargo. Sabía que iba a ser difícil porque el animal ya no era el de antes, hacía mucho que no corría y la mayoría de los que entraban en la polla todavía seguían en actividad. Confiaba en que en los dos meses que faltaban, con una buena ración de avena todos los días, algunas vitaminas y baqueteadas podrían ayudarlo para ponerlo en forma.
Había más, don Manuel le prometió que si lo hacía salir bien parado de ese aprieto le haría un buen regalo. Si ganaba le daría la cuarta parte del importante premio.
  - Pero es mejor Nemesio que no te ilusiones con ganarlo. -agregó.
Las ilusiones del muchacho sí tomaron vuelo hasta que se le hizo imposible descenderlas voluntariamente. No podía dejar de pensar en lo que haría con ese dinero. Su padre había soñado siempre con tener algún día un techo en la ciudad para que él y sus hermanos estudiaran y tuvieran donde quedarse cuando lloviera o hiciera mucho frío; quería que el día de mañana fueran algo más que peones.
Después ocurrió la desgracia; pero sus hermanos estaban a tiempo.
  - ¡Qué lindo sería cumplir el sueño del viejo! -se decía.
Todos fueron sueños y trabajo. No hubo amaneceres, por más heladas que cayeran, que no encontraran a Nemesio vareando el caballo; los momentos libres que le quedaban de su tarea con los terneros, los usaba para bañarlo o hablarle mientras lo rasqueteaba acariciándolo. Por las tardes, orgullosamente lo sacaba a caminar cubierto con la lujosa capa que fuera a caminar con la lujosa capa que fuera testigo de las mejoras épocas del zaino malacara.
A medida que se acercaba la fecha de la carrera, la expectativa por la reaparición del viejo crack iba en aumento aumento. La gente tenía aún fresco el recuerdo de sus hazañas por las pistas de la región.
Los que más conocían de caballos de carreras no eran optimistas. 
En los entrenamientos se advirtió que no estaban equivocados; su rendimiento dejaba mucho que desear. Su pelaje y el porte elegante había recobrado el brillo de antes, pero los tiempos que marcaba en las pruebas eran mediocres. Para peor, faltando dos semanas para la carrera, cuando pisaba empezó a aflojársele la mano derecha. Fue un golpe duro que completó la desazón general.
El veterinario diagnosticó un ligamento distendido a causa de una mala pisada o por los esfuerzos del entrenamiento. Prescribió un desinflamatorio local y otro inyectable durante cinco días. Había que suspender los ejercicios intensivos; en ocho días se sabría si estaría en condiciones para participar de la carrera, o no.
Doña Maruja Playero, a quien también fueron a ver, hizo una prueba con unos granos de trigo en un plato con agua; señaló que había dos nervios recalcados, le practicó curaciones de palabras acompañadas por señas invocatorias; coincidió con el veterinario en que debían dejarlo descansar unos cuantos días para que los nervios vuelvan a su lugar.
El 9 de Julio, en la Cancha Municipal de Carreras se entraba prácticamente toda la gente del pueblo y de los alrededores con sus mejores galas disfrutando del programa de celebración de la fecha patria. Después habría baile popular en el Centro Cívico.
Se veían hermosos caballos de carrera rodeados por dueños, cuidadores y aficionados discutiendo posibilidades y palpitando triunfos. Se respiraba el clima festivo. En la delegación de la Estancia El Trebolar predominaban la preocupación y el desánimo. Nemesio, contrastando don el pesimismo de los demás mantenía confianza en su pupilo. Su entusiasmo y sus insistentes pedidos fueron las únicas razones por las que don Manuel no retiró a Centella de la competencia.
Al salir Centella a la pista se vio radiante a Nemesio en el viejo campeón vistiendo camisa celeste, bombachas angostas, alpargatas, faja, pañuelo y boina blancas impecables que resaltaban con su cabello negro y su cutis cobreado a soles.
Allí estaban los antiguos rivales de Centella: Buscapié, Sacapuntas, Chicotazos,
entre otros. Todos estaban al tanto de la lesión de Centella. 
Se escuchaba ofrecer apuestas a todos los caballos menos a Centella. 
  - Parecés el fiambrero con esa mortadela. -le dijo a Nemesio uno de los corredores.
  - Con esta mortadela se atorarán unos cuantos. -contestó el muchacho . 
Un viejo amigo de su familia se le acercó.
  - Dios te acompañe m´hijo, te lo merecés por luchador.
 - Esté tranquilo don Gómez. Soñé con el Tata, prometió ayudarnos -dijo Nemesio  en tono confidencial reflejando una fe absoluta.

Horas más tarde, el fotógrafo del diario local desechaba la fotografía de la Polla de Veteranos que debía ir en la primera página destacando el inesperado e insólito triunfo de Centella que llegó a la meta con un cuerpo de ventaja.
En la foto aparecía, detrás de Centella, una transparencia de otro caballo cuyo jinete, con una vincha en su cabeza y las tiras volando a sus espaldas, tocaba con la fusta las ancas del ganador.
  - ¡Qué fenómeno más extraño me arruinó esta foto! -dijo malhumorado el fotógrafo del diario local desechándola."

                                                                    * * *               loscuentosdescarpascaner.blogspot.com.ar

CUENTOS DE ANDRÉS


Las Galaxias
 Para mi viejo…


          La primera vez que viajamos por las galaxias el Capitán se quedó conmigo todo el trayecto. Me decía que tenía que tener cuidado porque las galaxias eran muy gigantes y si bien eso permitía que cualquier cosa fuera posible, también hacía probable que algún día me perdiera en la infinidad del espacio y no volviera a ver nunca más a mi tripulación. Creo que aquel era el mayor miedo del Capitán, porque siempre me decía que yo era su mejor hombre y que estaba orgulloso de tenerme en su equipo. Yo estaba en la parte de atrás del vehículo y le pedía permiso para pasar a la cúpula principal donde él conducía la nave, pero no me dejaba. Decía que todavía tenía muchas cosas por aprender, pero yo sospechaba que simplemente no quería que el resto del grupo se pusiera celoso porque yo era su preferido. De hecho, cuando estábamos solos, el Capitán siempre me dejaba sentar a su lado. Yo lo miraba con una inmensa admiración, pero el insistía en que girara la cabeza en torno a la ventana así no me perdía de la hermosura de las galaxias.
          Después de varios viajes, el Capitán me dijo que ya estaba preparado para ocuparme de la nave yo solo. Nunca antes había sentido tanto miedo, pero sabía que no podía decepcionarlo y acepté el desafío. Además, la nave avanzaba tan rápido y se manejaba tan fácilmente que estaba convencido de que no habría margen de error. Y entonces, estando completamente solo, por primera vez pude ver las galaxias. El Capitán tenía razón – él nunca mentía – la vista de las galaxias era hermosísima. La oscuridad del paisaje sobresalía por sobre todas las cosas, pero también habían luces y colores extraños, y un tipo de nubes que empañaban la cúpula de a ratos y la mojaban a veces. Unas turbinas giraban sin cesar a ambos lados y a menudo tenía que esquivar los remolinos. Aquel era el misterio más apasionante de mi vida. Cuando llegué a la estación espacial pensé que el techo de metal me aplastaría ya que la construcción se venía hacia a mí, pero sobreviví. Me reencontré con el Capitán y seguimos con nuestros viajes y con nuestras vidas.
          Al final crecí y dejé de viajar por las galaxias. Comprendí que el Capitán sí mentía de vez en cuando, pero aprendí a perdonarlo con el tiempo. Las galaxias no eran infinitas, ni siquiera eran grandes. La vida se llenó de problemas, y ya no pude viajar más. Se acabaron los misterios y las pasiones, y mis días se convirtieron en una rutina gris, sin colores ni luces, ni turbinas que giraran…
Hasta que un día llevé a mi hijo al mismo lavadero automático de coches al que me llevaba mi viejo. El mocosito del asiento de atrás me preguntó si podía sentarse al lado mío, en la cúpula de la nave, y me llamó Capitán. Recuerdo que ese mismo día le expliqué que las galaxias eran muy gigantes y que eso hacía que todo fuera posible, y mi vida se llenó de apasionantes misterios nuevamente.


***
El Océano
          Le decían Alpargata, porque no servía para ningún deporte. Un día, un equivocado se equivocó y le dijo Ojota, y todos nos reímos igual porque el chiste seguía teniendo sentido. Pero más sentido tuvo para él, porque comprendió que el equivocado había sido el único acertado. Ojota le quedaba bien, porque le gustaba nadar. A menudo nadaba en lagos y en lagunas, y ríos y mares. Ríos de colores donde todo era posible; todo dentro de su cabeza, por supuesto. Mares de imaginación sin olas, ni sal, ni peces, aunque a veces muy profundos.
          Cansado de la burla de nosotros  —sus amigos— anunció que había encontrado su razón de ser, su lugar en el mundo, su función en esta vida. Se calzó las ojotas, luego se las descalzó, y saltó del trampolín a la piscina sin titubear. Por primera vez saltó sin ningún miedo a una pileta con agua de verdad. Nosotros mirábamos entre asombrados y entretenidos, anonadados pero divertidos. Apostábamos quién sería el primero que tendría que meterse para rescatarlo y le gritábamos nuevas bromas improvisadas para distraerlo. Pero él no escuchaba. Él sólo nadaba. Y nadó por un rato, nadó bien. Pero después salió y nos comunicó un poco decepcionado que no había sido gran cosa, que creía que aquel lugar le quedaba demasiado chico.
          Inmediatamente, se vistió y volvió a calzarse las ojotas. Sin equipaje, arrancó su auto y partió para la costa. Nosotros fuimos con él. ¿Qué otra cosa podíamos haber hecho más que ir con él, si eso lo que hacen los amigos? Cuando llegó a la orilla intentamos persuadirlo de que no lo hiciera una última vez. Lo intentamos con palabras y con humor, ese era nuestro estilo, pero nunca por la fuerza. Dijo que nadaría por todo el Océano Atlántico y llegaría hasta África, y recién entonces nos llamaría por teléfono y nos contaría cómo le había ido. Para que nos quedáramos tranquilos. Es cierto que nos asustamos un poco al principio, pero, al ver la determinación con la que brillaban sus ojos y la satisfacción en su rostro, no pudimos hacer más que brindarle todo nuestro apoyo y desearle la mejor de las suertes. Lo seguimos con la vista hasta que se convirtió en un puntito negro a la altura del horizonte. Todavía movía los brazos y pataleaba con entusiasmo, y salía cada tanto para respirar. Por momentos se daba vuelta para ver si seguíamos ahí y nos saludaba desde lejos.
          Después volvimos y esperamos su llamado, pero nunca llamó. A lo mejor, no hay teléfonos en África, o él no sabe la característica que tiene que marcar. A lo mejor, se topó con alguna isla paradisíaca en su camino y se olvidó de avisarnos, tan despistado que es. O tal vez, simplemente no llama porque está un poco deprimido. Conociéndolo, es probable que, al igual que la piscina, el océano le haya quedado demasiado chico.
***
¡Llueve!
          Cosa rara la lluvia y no es más que agua que cae del cielo. Cada gota salta sin paracaídas y muere contra el suelo sin mostrar el menor gesto de preocupación. Pero la lluvia no es una gota, la lluvia es lluvia. El exponente máximo del trabajo en equipo que se da cuando todas las partículas de agua en el aire deciden empapar una superficie.
          Tema de conversación universal, la lluvia forma parte en los argumentos de libros, películas, canciones y obras de arte. Inspira a los artistas y a los aspirantes a serlo, permitiéndoles crear o al menos creer que crean. Indiscutible generadora de fantasías, una llovizna es perfecta para romper el hielo entre dos personas que recién se conocieron, y – cursilería o no – es ideal para sellar relaciones con un beso.
          La lluvia rompe los esquemas de la rutina, regálndonos a todos un día lluvioso. Bendición para quienes la necesitan o maldición para quienes perjudica, nadie se enoja con el temporal ni intenta detenerlo. La gente acepta y sobrevive. La lluvia es, entonces, la prueba perfecta del poder de la naturaleza sobre el hombre. El diluvio humilla a las personas humedeciendo su burocracia y convirtiendo su automatismo en individualismo. Los oficinistas demoran sus trabajos de oficina y sus mejores trajes se ven completamente embarrados, manchando al más pulcro. Los ubicados corren como locos y los amantes se quedan en sus camas amándose un rato más. Los peones estacionan en los lugares reservados para los gerentes y los transportes públicos permiten viajes gratis siempre y cuando los pasajeros se solidaricen y se aprieten un poco sin importar cuan mojado está el de al lado. Las llegadas tarde de los alumnos no son penalizadas por las autoridades de los colegios, quienes los miran entrar con lástima porque tiritan de frío. Dichos mandatarios creen tener un dios aparte por el simple hecho de estar más secos que los estudiantes, y sonríen triunfantes al mostrar su infinita bondad dejándolos pasar cuando el tiempo les juega en contra. No obstante, ellos siquiera sospechan que los vencedores son los jóvenes, quienes encontraron en la lluvia una excusa perfecta para romper las reglas de un régimen establecido. Porque quiérase o no, cada vez que llueve el sistema tiembla y se tambalea, y queda en evidencia la forma en la cual todo lo que el ser humano inventó puede convertirse en nada cuando las nubes resuelven disparar sus chispas aguadas.
        
          Dirán que esta humilde reflexión que homenajea a los chaparrones está cargada de errores técnicos, personificaciones irrelevantes y exageraciones innecesarias. Me hablarán del estado líquido del H2O, de la presión atmosférica y de otros términos científicos y meteorológicos como las causas únicas para los truenos, los rayos y los relámpagos. Sin embargo, la razón por la cual nunca va a dejar de llover es porque nunca va a faltar aquel que, estupefacto ante el fenómeno más increíble de todos, concluya diciendo cómo llueve, che.
***
“Tres Cajitas” 
Se lo regalaron para navidad. En realidad se lo regalaron un par de semanas antes de navidad, pero fue tan importante que Matías no se amargó cuando no encontró un paquete que dijera Matías debajo del arbolito. Era un Fiat 128 Súper Europa, ese que parece tres cajitas de cartón cuadradas unidas con pegamento; una cajita en el lugar del capó, otra más alta en el medio y otra igual que la primera en el lugar del baúl. Era azul despintado. Era modelo ’89, igual que Matías. Era su mejor amigo.
            Matías trabajaba en una fábrica de alfombras a unos cuarenta minutos de su casa cuando iba en tren. A diecisiete con el auto. Pero los veintitrés minutos diarios que se ahorraba para ir al trabajo y los veintitrés minutos diarios que escatimaba de regreso a casa estaban lejos de ser la principal ventaja del Súper Europa. Para Matías, lo más asombroso de ese fantástico mundo nuevo que empezaba a descubrir era el hecho de no tener que volver a viajar en tren. Nunca más. Por fin no volvería a estar tan cerca de un extraño como para poder besarlo en la boca, como para poder respirar su mal aliento. Por fin no volvería a necesitar la cálida transpiración del resto de los pasajeros para calentarse en invierno y refrigerarse en verano. Por fin dejaría de sentirse una cabeza de ganado rumbo al matadero. Esas tres cajitas azules unidas por pegamento, ese regalo que no fue precisamente de navidad, cambió la vida de Matías.
            El día que la vida de Matías cambió por segunda vez, volvía a su casa de la fábrica de alfombras en el Súper Europa. Como siempre, tenía la ventanilla baja y el estéreo a todo volumen. Que el mundo se entere que soy fan de Green Day. A las tres y tres minutos frenó en el semáforo de Maipú y Ugarte. No puso el cambio en punto muerto, sino que lo mantuvo en primera y dejó el embriague apretado; una vieja manía de la que no sabía despegarse. El estéreo enmudeció por ese par de segundos que tarda en terminar “Wake Me Up When September Ends” para dar comienzo a “Minority”, y el mundo quedó en silencio. Fue en ese instante que Matías echó un instintivo vistazo al coche detenido a su izquierda. Auto negro con vidrios negros, varias decenas de miles de dólares más impuestos, porque sólo se trae de afuera. Hombre grande de mirada helada y corte militar al volante. Hombre joven de mirada ambiciosa y rasgos sajones en el lugar del acompañante. El tipo del corte militar le hizo un gesto al extranjero, y los dos enmudecieron igual que el estéreo de Matías. Los dos miraron al mejor amigo del Fiat 128 Súper Europa. Los ojos del hombre al volante eran profundos y negros como la entrada del infierno; los del copiloto extranjero, los botones que activaban una bomba atómica plantada en el interior de Matías. 
            Matías arrancó. Los neumáticos lloraron a modo de protesta; Matías nunca los trataba así de mal. Cruzó el semáforo en rojo, todavía pensando en lo que había escuchado. Algo sobre que el presidente moriría ese mismo día. ¿Y el tipo de aspecto yanqui? ¿De dónde le sonaba? ¿Podía ser el prometedor empresario que la tele dijo que llegó al país el día anterior? ¿Podían ser dos desconocidos hablando trivialidades en un coche importado? ¿Por qué mierda voy con la ventanilla baja? ¿Por qué mierda hoy no tomé el tren? “Minority” ya sonaba. Dos policías de tránsito le indicaron que se detuvieran. Uno de ellos se acercó para regañarlo, soltarle el discursillo sobre conciencia y seguridad vial. Hacerle su primera multa. A Matías todo eso le parecía ajeno, como si pasara en una galaxia muy, muy lejana. Matías sólo tenía ojos para su espejo retrovisor, que le mostraba horrorizado al coche importado arrancando detrás suyo, pasando también en rojo, siendo detenido por el control policial. Otro policía de tránsito que no lo regañó ni le soltó el discurso ni le hizo la multa se acercó al coche importado. El otro policía de tránsito era moreno, pero su rostro se tornó blanco cuando el tipo del corte militar le mostró una placa. El otro policía de tránsito moreno pálido les indicó que siguieran; en el espejo retrovisor se lo podía adivinar disculpándose. El coche importado arranco y pasó junto al Súper Europa a paso de hombre. El acompañante extranjero, ese que tal vez le sonaba a Matías del noticiero o de ningún lado, anotaba la patente del auto de Matías – o cualquier otra cosa.
            Matías llegó a destino pensando sólo dos cosas: que el presidente moriría ese mismo día, y que él moriría también. Abandonó el Súper Europa con desdén impropio y se metió en su casa para tratar de aclarar las ideas. No había nadie y era una suerte. Ver a cualquiera de sus padres, ese par de gente linda que le regaló tanta alegría un par de semanas antes de navidad, y saber que puso sus vidas en peligro le habría roto el corazón. El semáforo de Maipú y Ugarte. A pocas cuadras de la quinta de Olivos. Matías entendió de golpe lo que tenía que hacer. Regresaría a la casa presidencial y les diría lo que había oído. Hablaría con el presidente en persona si era necesario.
            Matías arrancó el motor. El Súper Europa despegó a una velocidad incontrolable. En menos de diecisiete minutos, mucho menos, estuvo de vuelta en el lugar que cambió su vida por segunda vez. A la altura de la quinta de Olivos dobló en U sin mirar para los dos lados y sin ver la limusina estacionada contra la que se estrelló. El chofer se salvó. El presidente de la Nación y el custodio de turno en el asiento trasero no corrieron con la misma suerte. Y Matías nunca volvió a ver a su mejor amigo, un Fiat 128 Súper Europa modelo ’89 color azul despintado.
Ese que parece una sola cajita compacta de cartón corrugado.

 ***
Veintiséis de Marzo
            La luna mentía bien la noche del veintiséis de marzo. Fernando apagó el motor del Europa cero kilómetros que sus padres acababan de regalarle para su cumpleaños número dieciocho. El coche parecía tres cajitas cuadradas adheridas con pegamento; una cajita en vez del capó, otra un poco más grande para los asientos y la que ocupaba el lugar del baúl del mismo tamaño que la primera como si fuera un número capicúa. Era azul metalizado, igual que los ojos de Silvia. Fernando no estaba seguro quién de los dos era su primer amor: Silvia, impaciente en el asiento del acompañante, o su Fiat 128.
            —¿Me dejás poner un cassette?
            —¡Pero claro! —respondió Fernando al instante, orgulloso de que su estéreo tenía incorporado pasacassette en lugar del anticuado pasa magazine.
            Silvia introdujo el lado B de un repertorio robado de la radio y la voz clandestina de Mick Jagger se puso a aullar que —si lo encendían— ya nunca iba a poder detenerse. Fernando alzó la ventanilla, temiendo que algún vigilante nocturno se fijara en ellos. Temiendo que una brisa fresca le arrebatara el momento en vez de congelarlo para siempre. Temiendo no ser capaz de mantenerla encerrada todo el tiempo que fuera necesario, porque presentía que una vez que se bajaran del auto sólo conseguiría acompañarla derrotado hasta el umbral. Temiendo. Ya habían cenado una montaña de espaguetis en Pipo y habían visto Indiana Jones en el autocine. Fernando sabía dónde quería darle un beso a Silvia; el problema era que no sabía por dónde empezar.
            —Tus ojos son dos faroles que iluminan mi camino… —comenzó a recitar risueño mientras le acariciaba el pelo.
            Silvia torció una sonrisa encantadora mordiéndose la parte inferior del labio. Definitivamente era ella y no el coche el primer amor de su vida. Envolvió su mano pequeña en la suya mientras consultaba internamente si sería adecuado completar el chiste con aquello de que una noche los cerraste y me hice torta contra un pino. Se disponía a hacerlo, cuando lo tomó por sorpresa:
            —¿Qué vas a hacer cuando vuelvas?
            —¿Cuando vuelva? —repitió él.
            —Sí, cuando vuelvas —confirmó Silvia.
            Fernando tragó saliva, se aclaró la garganta y adoptó una expresión apasionada.
            —Primero voy a estudiar Ingeniería en la Universidad de Buenos Aires. Los primeros cuatro o cinco años voy a hacerlos de un tirón. Después tal vez me atrase un poco, cuando empiece a trabajar. Entraré en la planta de Ford o de Fiat. Voy a diseñar autos, ¿sabías? En los años veinte, Henry Ford decía que podías comprarte un automóvil de cualquier color que quisieras… siempre y cuando el color que quisieras fuera negro. Pero la industria cambió un montón desde entonces, ¡y ni hablar de todas las opciones que van a haber para cuando yo me reciba!
            —¡Epa! Ya tenés toda la vida planeada. ¿Ya sabés también cómo se va a llamar tu perro? —se burló Silvia.
            —Richard Kimble —contestó Fernando y sintió de inmediato cómo el color rojo iba apoderándose de su rostro—. ¿Nunca viste la serie El fugitivo?
            Ella frunció el entrecejo pero jamás aflojó la sonrisa.
            —¿Y vos qué vas a estudiar? —preguntó Fernando para salir del paso.
            —No sé si voy a estudiar. Yo soy más de vivir el momento. Quiero ser actriz.
            —¡¿Actriz?! —se escandalizó él—. ¿Qué? ¿En un teatro?
            —No. En el cine. Quiero ser actriz de cine. ¿Vos sabés cómo inventaron el cine? —ahora era el turno de ella para desasnarlo—. Un tipo que tenía mucha pero mucha plata quería saber si los caballos, al galopar, levantaban las cuatro patas del suelo al mismo tiempo. Así que mandó a fabricar una cámara que sacara muchas pero muchas fotos por segundo para poder averiguarlo.
            —¿Y levantan las cuatro patas al mismo tiempo?— se interesó Fernando.
            —¡¿A quién le importa?! —retrucó Silvia con frustración, como si el otro no hubiera entendido el sentido de lo que acababa de contarle—. ¡Inventaron el cine!
            Fernando la miró en silencio, permitiendo que la incomodidad los invadiera. Tantos años amándola de lejos, mientras daba lección en el frente o la veía pasar por los pasillos del Colegio Nacional, para descubrir de repente que pertenecían a dos mundos distintos. Fue Silvia la encargada de romper el hielo:
            —¿Y no vas buscarte una novia, cuando vuelvas?
            —Cuando vuelva, sí.
            —¿Qué tiene que hacer una mujer para que un hombre como vos la quiera? —quiso saber ella y su mirada azul centelleó con más intensidad que nunca.
            —Yo quiero como los niños, a cambio de besos y caramelos —repuso Fernando.
            Silvia le convidó un Sugus de frutilla que paseaba en su morral junto con los cassettes de los Stones, y Fernando le agradeció con un roce tierno en la comisura de los labios. Ella abrió la boca de par en par. Comenzaron a devorarse con el hambre de besos que sólo se tiene a los dieciocho años en el asiento delantero de un Fiat Europa, acompañando esos besos con un sinfín de torpes caricias. Besar a Silvia era oír todos los fuegos artificiales de Año Nuevo explotando al mismo tiempo. Era abrir el cofre de Feliz Domingo. Era sentirse vivo, vivir por siempre, sobrevivir para poder besarla de nuevo.
Se despegaron recién cuando Jagger dejó de tararear algo sobre la importancia de esperar a los amigos. Emergieron al otoño. Fernando escoltó a Silvia hasta el portón del edificio donde vivía y la despidió con un último piquito.
Al día siguiente, partió rumbo a Malvinas. 
Andrés Pascaner